Calle del truco

Esa sombra se desliza de manera apresurada a lo largo de esa calle tan pronto como el sol se ha ocultado por completo y las penumbras se adueñan del lugar. Es la sombra de «Don Ernesto», quien sigiloso se detiene delante de una puerta que es la de la Casa de Juego a la que sólo van los ricos. Llama tres veces. Tras un chirrido de ultratumba. El señor entra.

Un día jugó todo el oro que llevaba encima. Perdió. Apostó sus fincas y las perdió. La mala racha siguió y el maldito juego lo despojó de las haciendas. Don Ernesto perdió tres o cuatro de sus mejores propiedades. Se puso más nervioso que nunca, pensó y advirtió que la fortuna le dio la espalda y que había perdido prácticamente todo lo que tenía.

«No todo, amigo, todavía no pierdes todo. Posees aún algo valioso. Te lo juego», le dijo de pronto una voz. Don Ernesto palideció, al ver que ese extraño había escuchados sus pensamientos. Ese raro ser le murmuró algo al oído. «¡No, eso no, nunca!». El sujeto de voz cavernosa insistió y el desesperado hombre accedió. Jugaron una partida de cartas.

Era esa prenda contra una fortuna como la que había perdido. En una jugada, a la carta mayor. El forastero puso sobre la mesa dos cartas, una sota de oros y un seis de espadas. «¡A la sota!», gritó don Ernesto temblando. Deslizados los naipes, siete de bastos, tres de oros, caballo de copas y al fin, la carta maligna, el seis. Perdió y con ello, a su hermosa y voluptuosa esposa. El adversario era el diablo. Don Ernesto perdió fortuna y esposa.

¿Dónde está la calle del truco?

Previous

La princesa de la bufa

La historia del Pípila

Next

Deja un comentario