La danza cósmica del chinelo

Estando en Tepoztlán, hace algún tiempo una persona nos contó una historia mitad misteriosa y mitad mágica. En aquella conversación, en la que participamos varios amigos de la infancia, Federico — porque dicen que así se llamaba—, intervino silenciosa y mesuradamente: La noche del 13 de agosto de 1521, cuando nuestro Sol se ocultó, también nuestra cultura, nuestros dioses y nuestra alegría fueron sepultados con él.

Mucho tiempo después hubo algunas señales que anunciaban la mitigación de nuestras desdichas y la llegada de los nuevos tiempos. Los dioses de nuestros captores parecían haberlos abandonado. Entonces, los ancianos resolvieron dejar salir algún destello de la sabiduría antigua y probar si los dioses viejos habían vuelto a nuestra tierra. Luego de deliberar mucho, acordaron celebrar una vez más a nuestra Madre, la Tierra, ya nuestro Padre, el Sol, según se había hecho en el principio.

Los encargados de propiciar esta unión serían los guerreros según sus estirpes. La celebración debería prepararse con cautela pues aún no éramos libres. Se resolvió, así, que los guerreros portaran una máscara y trajes disimulados, pero con nuestros símbolos sagrados. El ritual invocaría a las fuerzas supremas y eternas del Universo, a las que están sometidas todas las cosas y cuyo destino comparten. Este ritual se celebraría año con año, hasta que aparecieran señales del principio de una era de armonía total en nuestro Universo.

Entonces, los hombres por medio de sus danzas decidieron salvar al mundo. Pero el mundo con su propia sabiduría decidió salvarse por sí mismo. Porque afirman que el mundo es como un cuerpo vivo que nos aloja. Así, aunque el mundo se había salvado, los hombres continuaban con sus danzas, creyendo en lo benéficas que eran. Dicen que los ropajes y los símbolos tenían (y tienen) significados y poderes especiales. La indumentaria representa a un chinelo; es decir, a un moro. Ello significa que no nos asemejamos a nuestros conquistadores, sino a los conquistadores de nuestros conquistadores. 

El blanco del traje simboliza la unidad de todas las cosas. El azul cielo representa la aspiración y el deseo de las cosas sublimes, de las cosas del espíritu, como son la belleza, el amor, la sabiduría y la libertad. Las tres franjas azules intercaladas con el blanco significan el aire, el agua y la tierra que nos dan el sustento del cuerpo, pero pero que necesitan estar sustentados en la totalidad de la vida.

El sombrero sustituye a los penachos coloridos del pasado; representa el sombrero del Dios Viejo o Dios del Fuego, donde se crean y se consumen todas las cosas del Universo y del mundo. El sombrero lleva los símbolos de las jerarquías. El calendario azteca puede ser usado sólo por los guerreros pertenecientes a las familias que vinieron aquí formando parte de la gran peregrinación. El baile significa que sus orígenes se remontan al principio de los tiempos. La flor de cuatro pétalos puede ser usada por los guerreros pertenecientes a las familias cultas y cultivadoras de las artes y las ciencias. La mariposa es el emblema de los que ven a través del tiempo; los interpretadores de los signos, los que son dueños de su voluntad y, por lo tanto, ya no se sirven a sí mismos, sino que sirven de guía y consejo de la comunidad. La máscara cubre el rostro para significar con esto que la realidad se oculta bajo apariencias transitorias y perecederas y que las energías vitales y sus movimientos escapan al mundo de los sentidos. La máscara es el símbolo del nahual que tiene el poder de ver la totalidad de las cosas, libre de los artificios del tiempo, porque se encuentra inmerso en el movimiento profundo de la vida.

La danza representa la fusión del tiempo y, a la vez, su marcha inexorable. En ella participan cuatro comparsas, una por cada uno de los rumbos del pueblo. Hacia las tres de la tarde, cuando comienza el descenso del viejo sol, se escucha la gran explosión con la que dan la señal que marca el nacimiento del nuevo Sol.

El sonido de una caracola llama a las fuerzas elementales, al padre; otro sonido, llama a la vida: la Madre. Comienza la música de los sones y los chinelos van entrando por los distintos rumbos acompañados por las mujeres que son la representación de la Madre, la Tonantzin. Al frente de cada ejército van las banderas, hasta trece por cada comparsa.

La danza gana en intensidad hasta que en el centro de la plaza se juntan y se mezclan todos los ejércitos girando como una nebulosa. En el clímax, una nueva señal marca la separación de los ejecutantes. Entonces, aparecen grupos danzando agitadamente en filas pequeñas, para representar el movimiento de los cometas en el cielo, danzan también estrellas y astros solitarios, pares de estrellas y todas las combinaciones posibles, a las que por último se une toda la población, para simbolizar que la vida ha surgido en nosotros.

 

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