Día de Muertos en México

Día de Muertos en México. Todos los pueblos del mundo han ofrendado alimentos a sus muertos cercanos, a los antepasados y a los dioses protectores de la muerte.

Tanto las culturas antiguas como las actuales lo continuamos haciendo, lo que ha variado es la forma del ritual, el tiempo y el espacio donde se realiza la ofrenda.

Si bien se ha insistido en que fueron los egipcios y los tibetanos quienes dedicaron parte importante de su vida y celebraciones al “más allá”, sabemos que el temor a la muerte es y ha sido universal y que la diferencia en que esas culturas dejaron escritos que se han podido conservar y traducir a nuestros idiomas.

Día de Muertos en México y el mundo

Por ejemplo, en el mundo antiguo: las Grandes Tumbas Sagradas de Pekín y Shian, así como los templos budistas; las pirámides mayas e incas; el Tahj Majal y su contraparte en la India; las abadías, santuarios, iglesias, templos católicos sepultura de santos asiáticos, europeos y americanos; las mezquitas de Casablanca y del mundo islámico en general; o bien del mundo actual, las de Lenin en Moscú, Mao Tse Tung en Beijin, Franco en España o el Ángel de la Independencia y el Monumento a la Revolución Mexicana, por citar los ejemplos más conocidos.

En nuestro país, antes de la llegada de los españoles cada grupo nativo tuvo sus calendarios festivos dedicados a celebrar la vida y la muerte de todo lo que los rodeaba mientras que los dioses de la naturaleza negociaban sus temores.

En su mayoría fueron sociedades campesinas, recolectoras y cazadoras, donde el clima, la geografía y los astros les impusieron sus actividades, creencias y limitaciones. Algunos grupos asimilaron por convicción o imposición en su panteón a dioses de otras culturas, compartiendo con ellos sus fiestas, espacios y tiempos distintos.

En México

Después de las pestes del siglo XIV, el 2 de noviembre parte del Día de Muertos en México del calendario cristiano se dedicó a orar por todos los Fieles Difuntos, es decir, los católicos del mundo conocido, ya que al inventar la Iglesia una tercera opción de la geografía del inframundo católico, el Purgatorio, dio oportunidad a que los fieles creyeran que gracias a sus plegarias y las de otros (sufragios), les otorgarían la licencia para salir del purgatorio en poco tiempo o para evitar la vida eterna en el infierno, el peor temor de esos siglos.

Así, todos aquellos que sufrieron una pérdida cercana debieron acudir a su parroquia, donde asentaron su nombre en el Rollo de los Muertos para que las plegarias de toda la comunidad imploraran por su rápido perdón. Ese día y durante la Navidad fueron las excepciones en que se permitió oficiar dos o más misas al día.

Las iglesias y calles aledañas se adornaron luciendo un luto riguroso, con crespones negros y velámenes pintados con huesos que cubrieron las paredes, acompañados de versos alusivos a la inminente muerte; en la entrada un gran esqueleto les daba la bienvenida mientras que en medio de la nave se montó el Gran Catafalco, adornado con calaveras, huesos y esqueletos para que los católicos atraídos por el toque constante de las campanas a difuntos asistieran a los Oficios, terminando la celebración con un sermón y el rosario doloroso.

El 1 y 2 de noviembre parte del Día de Muertos en México, de alguna manera sirvieron tanto para recordar a los ancestros lejanos y cercanos, como para pedir perdón por los pecados, haciendo una reflexión sobre la fragilidad de la vida y la esperanza de resucitar, sin olvidar que “polvo eres y en polvo te convertirás”, pero bien sabido es que “el muerto al hoyo y el vivo al gozo”